jueves, 18 de febrero de 2010

Padre Nuestro: ¡Que no me asalten!

Diego Marquez

Padre nuestro: ¡Que no me asalten!

¿De quién es culpa el que yo camine las calles llenas de luz de luna mirando a mí alrededor para prevenirme de algún asalto? Me parece injusto, subyugador, abusivo, aplastante, el que tengamos que limitar nuestros días y actividades por un agobiante y opresiva ola de violencia. Como obsceno, fatuo y ridículo es el trabajo del gobierno. Que, a pesar de un infame trabajo en el sector seguridad, tienen el descaro de pedirnos y concentrarnos en hacer plegarias a Dios, padre nuestro, espíritu santo, o a la virgen María.

El siguiente trabajo fotográfico retrata mi impotencia vivida en la esquina oscura donde, con miedo, desesperación, y un poco de la misma impotencia mía, dos hombres empuñaron un arma y, sin dañarme, me despojaron de mis pertenencias. Es esa impotencia compartida con 70% de la gente habitando mi mismo país. Comparto el miedo que, a 98% de los habitantes, a paralizado y privado de realizar alguna actividad. Finalmente comparto, quizá, un alto porcentaje de la gente que furiosa protesta la existencia de pancartas religiosas que motivan e invitan a la gente a realizar plegarias, rezos y oraciones para erradicar este mal. Las imágenes buscan retratar la sorpresa, el pánico, la impotencia y adrenalina que crean una mezcla dentro de las victimas en tan solo 15 segundos. Es justo momento que nos hunde en un mar de miedo. Retratan también la oscuridad, por el hecho de ser la mejor guarida de lo espontaneo, del miedo, de lo discreto, y el mejor panorama de un acto violento. El mejor escondite de lo ilícito y lo que cubre o ciega al gobierno de estos actos. Un velo nocturno que a propósito se colocan las autoridades para decir ante el mundo “todo está bien”. Conforman la composición de estas imágenes testigos inertes como lo son: Vírgenes, crucifijos, rosarios, santos, iglesias, entre otros. Puestos ahí a propósito para mostrar y remarcar la idea de que un poder divino no nos salvara de este agobio y maltrato social. Estos elementos se encuentran en la imagen con el único propósito de hacer hincapié en este punto anterior, mas no de criticar directamente a la institución religiosa. Tener fe significa no querer saber la verdad. No querer saber que lo que realmente dio vida a un monstruo llamado delincuencia fue la ineptitud, o, peor aún, el no querer tomar acción por parte del gobierno. La fe que nos exigen en plegarias está perdida. Como se ve en las reacciones de la gente fotografiada. Es, precisamente, el retrato del momento donde esta fe es hurtada. La acción del malhechor es, no de ultrajarnos de nuestras posesiones, pues eso, considero, es lo de menos. Más bien es la tranquilidad, confianza y esa misma fe la que nos roban dentro de callejones, en camiones, en esquinas oscuras, en puentes, en el subterráneo. Expongo al malhechor encapuchado y en total anonimato pues no es la crítica tampoco para él. La intención es exponerlo como otra víctima. Es decir, no expongo un ataque de victimario a víctima, sino a dos víctimas. Uno es víctima del desempleo, el abandono, engaños, imparcialidad, corrupción; el otro, víctima de la desesperación del primero.

El hecho de retratar el acto violento en presencia de los elementos religiosos es para exponer mi crítica y opinión de que el problema de la violencia, como muchos otros, no radica en poderes divinos, sino en poderes ejecutivos, legislativos y judiciales. Un padre nuestro no me brinda seguridad al caminar mi vida cotidiana en las calles de noche. Como un ave maría no le dará empleo al hombre desesperado que empuña el arma. En consecuencia es expuesta la violencia, y el instante preciso, donde tanto uno como el otro pierden toda esperanza. Uno condenándose a vivir escondido; el otro, condenado a vivir con miedo. Ambos víctimas de un gobierno lleno de intereses privados, e indiferente ante nuestros problemas.

Tratando entonces de compartir la desesperación que en quince segundos se vive. La impotencia que te deja marcado cuando ves dos personas huir por entre la misma oscuridad donde te hurtaron. La impotencia de no saber a quién acudir pues la confianza y credibilidad se la robaron hace muchos años. El momento justo en el que Dios se olvida de dos de sus hijos (asaltante y victima). Ese preciso instante donde rezar, o gritar no traerá la protección. Ese momento de no más de quince segundos que nos dejara con miedo, angustia, desconfianza, por el resto de nuestras vidas.

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